Érase una vez en un lugar cuyo nombre no importa que vivía un arlequín llamado Pierrot. Un muchacho romántico y soñador, huraño del gentío y del mundo, afecto únicamente a recitar poesías de noche a la Luna. Todos los días, al ocultarse el sol por el horizonte Pierrot salía al balcón y se encontraba con el astro de plata, cantando los versos compuestos durante la mañana y la tarde.
Una noche la Luna quiso poner a prueba la adoración del arlequín, y al verle le preguntó:
- Dime arlequín, ¿porqué me amas tanto que todas las noches me recitas poesías y entretienes mi paseo con tu melodiosa voz?
El muchacho respondió sonrojado:
- Porque amo tu trágica soledad, tu eterna condena, obligada a vagar lejos del astro rey a quien amaste, y sin embargo tan bella en la desdicha, tan altiva y enigmática, que a este humilde corazón tu ejemplo da congoja y admiración.
- Querido Pierrot, ya que tanto me veneras quiero una prueba inequívoca de tu amor.
El pobre arlequín se sonrojó de nuevo y aún con más vergüenza, pero aceptó de buen grado el deseo de Su Luna, y pasó el resto de la velada imaginando cuál debería ser el regalo que demostrara a su amada la adoración que por ella sentía. A la mañana siguiente desafió al astro rey y salió a la calle bañado por sus celosos rayos, camino del sastre. A este le pidió que le conformara un traje especial. En la casa del sastre aguardó hasta que hubo de marcharse el sol, y volvió entonces a casa.
Por la noche la Luna llegó de nuevo, y Pierrot salió a su balcón, vestido con un traje blanco de seda, tejido con hilos de plata que brillaban con el fulgor lunar. Tan sorprendida quedó la Luna que le dedicó al arlequín una sonrisa benévola.
- Quedo muy contenta con tu regalo, dulce Pierrot –le dijo con cariño.
- De blanco vestís Vos, y de tal debo vestir yo –respondió Pierrot- y en adelante solo con este traje debo andar, en muestra de a quien pertenece mi corazón.
El joven arlequín creyó haber complacido a la Luna, y empezó a recitar de nuevo las poesías, cuando la majestad nocturna le dijo:
- Puesto que mío ya eres, sea en ti como en mi vestido –replicó.
Con un gesto puso en el vestido del muchacho varias estrellas del cielo, y él sonrió orgulloso y agradecido. Y la noche prosiguió como siempre.
Por la mañana temprano salió a casa del sastre para darle las gracias por el traje, pero cuando estuvo en la calle las estrellas empezaron a doler, se clavaban en la piel y el pobre arlequín se retorcía en el suelo con el cuerpo maltratado. Miró al cielo, y vio al Sol enojado y amenazante.
- Si le acompañas en su exilio, sea que sufras como ella y no salgas más que de noche –sentenció con tronante voz.
Pierrot corrió a esconderse en la penumbra de su casa, y estuvo llorando todo el largo día. Al levantarse las sombras salió de nuevo al balcón, y viéndole triste y con tanta congoja en su corazón la Luna le inquirió:
- ¿Qué te ocurre Pierrot?
- Él me condenó a vagar en las sombras por acompañarte.
- Si lo deseas puedo quitarte esas estrellas que ayer te di –le replicó calmándole.
- Le suplico humildemente que no, Mi Luna. El placer y el dolor a partes iguales van si el amor los guía –dijo Pierrot.
Y la noche prosiguió como siempre, entre versos del enamorado y caricias a las heridas del joven. Llegó el arlequín a adorar las heridas, que le recordaban su condición de enamorado lunar, de Pierrot Lunar.
Pasaron mil noches antes de que Ella decidiera poner a su pretendiente la prueba final del verdadero amor. De nuevo en el balcón le preguntó:
- Pierrot, ¿deseas mi felicidad?
- Nada más que eso, Mi Luna.
- ¿Ves esta forma curvada que algunos dicen “media luna”? Es un trozo que perdí cuando empezó mi desdicha y que Él me quitó para que siempre recordase todo lo perdido. Solo quien me venere de verdad puede devolverme mi orgullo.
- Cualquiera sea la forma, dispuesto estoy a complacerla.
Ella tomó un pedacito de su cuerpo y se lo dio al arlequín.
- Una vez que lo tomes crecerá dentro de ti poco a poco, y un día serás parte de mi, estarás siempre conmigo. Pero el dolor es mayor del que nunca puedes imaginar, mayor que los que existen sobre la faz de la tierra, mayor que el que nunca sufrió hombre o mujer alguno.
Sin dudarlo un segundo el arlequín lo tomó, y para mostrar su felicidad se arrodilló en su balcón.
- Ningún dolor es mayor que mi fidelidad –y miró con lágrimas alegres a los ojos de su Luna.
Y la noche prosiguió como siempre.
Cuando despertó por la mañana se sintió hinchado y extraño. Bajó las persianas y las tapió con maderos, pues la luz que se colaba por las rendijas le hacía más daño que otras veces. Pasó las horas componiendo para la noche, con gran pesar de no poder ver a su amada hasta que el astro rey decidiera marcharse. Llegaron las sombras, y con ellas renació su alegría al verla aparecer. Comprobó asustado que algo crecía en su interior, pero no le importó. Como cualquier noche cantó y narró, adorando en cada verso con epítetos acariciantes a los que ella respondía con dulces sonrisas, con la tibia calma de su mirada plateada, que hacía brillar las estrellas del traje.
Y las noches prosiguieron, una tras otra, mientras el muchacho veía crecer sin demora algo nuevo en su interior. Al principio le faltó el equilibrio, y apenas podía caminar, pero sacó una silla al balcón y así solventó el problema. Luego perdió la sensibilidad del cuerpo, pero se alegró de que ya las estrellas no le dolían. Más tarde le faltaron las fuerzas, y debía ir a gatas a cualquier lado de la casa, pero se decía que al ser inferior a Su Luna no tenía derecho a ir erguido como ella. Y finalmente perdió la vista, y se lamentó de no poder contemplarla, aunque todavía agradecido de poder cantarle los poemas que de memoria aprendía.
Muchas noches más tarde, desvalido, débil y ciego, Pierrot se ahogaba durante un poema, la respiración se dificultó, su voz se quebró, de sus entrañas salió desgarrando el trozo que a la Luna le faltaba. Con delicadeza Ella lo cogió el trozo y lo cosió, volviendo a ser la Luna redonda y resplandeciente. Desde aquel entonces Pierrot le acompaña siempre, recitándole poesías y cantándole versos de amor, allá donde vaya, felices ambos de estar juntos.
Mostrando entradas con la etiqueta carnaval. Mostrar todas las entradas
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sábado, 18 de febrero de 2012
Relatos Carnaval.......... allá van!!!! 3. lau{FN_JF}
Un Carnaval diferente.
Última semana de Febrero, apática cambio de canal en canal en el televisor. Murgas, chirigotas, comparsas… muchas regiones de España viven su semana grande. Miro con recelo, en mi pequeña ciudad no se celebra esta fiesta pagana. A lo sumo, desfiles escolares y algunas fiestas y promociones en pubs y discotecas. No me llama nada la atención. Apago el televisor y decido enchufar el ordenador, a ver que se cuece, aunque sin muchas pretensiones.
Actualizo redes sociales, miro cosas del trabajo… cuando aparece una pantalla emergente, es el Messenger. Me estaba hablando una pareja de Señor y Señora, que había conocido un par de meses atrás. La conversación no se salía de lo normal, típicos saludos, preguntar qué tal va… aunque yo sentía un gran respeto hacia estos dos Amos. Mi objetivo no era llegar más lejos de la relación que manteníamos, ni siquiera me había planteado tener una relación con Ellos.
La Señora acaba preguntándome por mis planes para ese fin de semana, al transmitirle yo que se presentaba bastante aburrido y monótono me propuso un plan: “Hay una fiesta de disfraces por Carnaval en un local BDSM de Madrid, si te apetece puedes venir. No te preocupes por el alojamiento, puedes quedarte en casa si quieres”. Me sentí muy extrañada al leer estas palabras, yo les había manifestado mi idea de viajar a Madrid en alguna ocasión a una fiesta BDSM pero no esperaba que me lo dijeran de forma tan directa.
Dudé. Temblaba y era incapaz de coordinar mis dedos para escribir en el ordenador. No sé ni cómo ni porqué, pero acepté. Sólo atiné a decir “Me gustaría mucho ir, Señores”. Acordamos los últimos datos; combinaciones de tren, horarios, normas y demás y nos despedimos. Entonces lo pienso y siento una gran inseguridad. “Estás loca” me digo repetidamente a mí misma.
Faltan tres días para mi viaje. Combino mi rutina diaria de trabajo con la preparación del disfraz para la fiesta. Mido cada detalle, procuro que esté todo perfecto.
El viaje.
Llego a la estación con antelación, las agujas del gran reloj parecen estar paralizadas. Tengo la impresión de estar en un sueño, como si no fuera real lo que estoy viviendo. Casi de forma automática me subo a mi tren. Falta aproximadamente media hora para llegar, es entonces cuando soy consciente de todo, los nervios se intensifican. No entiendo mis reacciones. Siento que he perdido el control de mi misma. Descubro que siento algo por Ellos.
Toma de contacto.
Me esperan en la Estación de Tren. Nos saludamos cordialmente. Guardo el protocolo, aunque, contrariamente a lo que yo pensaba, no me cuesta nada hacerlo. Vamos a Su casa y acomodo todas mis cosas. Decidimos ir a tomar algo y después descansar, mañana durante todo el día es la gran fiesta.
Vamos a un bar, donde sigue el protocolo y una charla muy agradable. Más bien, eran Ellos los que hablaban, yo estaba tan nerviosa que no podía articular palabra. Preguntan qué me pasa y me hacen saber que si estoy incómoda en cualquier momento lo diga. Contesto que no, todo está OK.
Volvemos a Su casa y nos acomodamos en el salón para continuar la charla. La Señora me pregunta tajante: “Te veo rara. ¿Qué te pasa? ¿Hay algo que quieras decirnos?” Yo me limito a negar con la cabeza, aunque creo que perciben mi inseguridad. Entonces el Señor dice: “Si estás segura no pasa nada, sigamos con la charla”. Automáticamente digo “Es que…. No sé… Estoy…. No sé….” No podía completar una sola frase. Ellos trataban de tranquilizarme y poco a poco me sacaban las palabras con sacacorchos. Acabé confesándoles que no sabía lo que sentía.
Me dieron una lección. Parecía que me conocían de toda la vida, que sabían al milímetro lo que pensaba en cada momento. Para mi asombro, me sentía bien, no era una situación incómoda para mí.
Y así llegamos a un acuerdo y establecimos algunas normas para ese fin de semana: probaríamos a conocernos, yo debía obedecerles en cualquier cosa, aunque no podía tratarles de Amo/Ama. Si me sentía incómoda tenía que decirlo. Igual si quería irme. Iba a ser obligatorio para mi utilizar el protocolo básico (Usted y Señor/a), aunque podía utilizar más protocolos si me sentía cómoda. El objetivo de ese fin de semana era que los tres disfrutáramos y ya hablaríamos al acabarlo de todo. Era una prueba para los tres, nuestra prueba.
Inmediatamente me ordenan que me desnude y coloque de pie, con las piernas abiertas y las manos detrás de la nuca. Me revisan al completo, primero con la mirada y después recorren cada centímetro de mi cuerpo con Sus manos. Me excito. “No no, perrita, aún no va a pasar nada. Vete a dormir. Mañana será un día duro. Ah, ni se te ocurra tocarte” –ordena el Señor. Obedezco. Me duermo casi al instante, gracias al cansancio acumulado.
La fiesta.
Me habían ordenado prepararme para la fiesta. Salgo al salón con mi traje de Geisha, que con tanta dedicación había preparado. A Ellos Les encanta. La Señora me ayuda con el peinado y el maquillaje. El Señor se encarga de hacer que Les sienta en todo momento: “Ven aquí perrita. Hoy sólo vas a pensar en nosotros. Primero porque vas a encargarte de que no nos falte nada y segundo porque vas a llevar puesto esto todo el día.” – decía mientras introducía un par de bolas chinas en mi sexo.
La Señora llevaba un traje precioso de Dama negra y el Señor iba vestido de capo de la mafia.
Estaba muy nerviosa, por mi cabeza rondaban multitud de ideas de cómo se iba a desarrollar la fiesta, la incertidumbre de no saber si iba a estar a la altura…
Nos dirigimos al lugar donde se celebraría la fiesta en coche. Los Señores conocían a mucha gente y estuvieron todo el rato hablando con unos y con otros. Yo pendiente en todo momento de que Sus bebidas estuvieran llenas y asegurándome de Su comodidad.
Se podía ver gran variedad de disfraces, algunos más bonitos que otros, pero ninguno como el de los dos Señores a los que acompañaba. Me sentía orgullosa y feliz de ir con Ellos y no precisamente porque llevaran un traje bonito.
Todo el mundo disfrutaba, se rencontraba con sus conocidos, hablaba, jugaba… Yo esperaba, nerviosa. Estaba segura de que en cualquier momento me tocaría a mí demostrar mi aguante al dolor físico, o quizás… alguna humillación… Pero no llegaba ese momento.
También pudimos disfrutar de algunas funciones y performances que habían preparado algunos asistentes. Yo miraba asombrada todo aquello. Nunca había estado en un ambiente similar. Me sentía bien, libre. Era lo que quería ser.
Hora de irse. Cansada y desconcertada terminaba de despedirme de las personas con las que habíamos entablado conversación durante todo el día. En el coche hicimos algunas reflexiones del día y yo, armada de valor, comenté que me había extrañado que no hubiéramos jugado. En ese momento vino la lección de coherencia y autocontrol de los Señores que manifestaron que les había encantado mi comportamiento, que había estado muy correcta, pero que aun así faltaba conocernos mucho más para poder hacer una exhibición en público.
De nuevo en casa. Ellos se acomodan en Sus sofás. Me desnudo y me dirijo al salón, sin que Ellos digan nada me arrodillo, me inclino hacia adelante, hasta que mi frente toca el suelo y extiendo los brazos. “Muchas gracias por todo esto. No quiero que acabe nunca… Les suplico me tomen como Su sumisa” – Les digo, asombrándome a mi misma al poder manifestar mis sentimientos con tanta facilidad.
Hablamos largo y tendido sobre el tema. Me cogieron como su sumisa a prueba y desde entonces y hasta hoy mi objetivo en la vida es el de servirles y Ellos son mi razón de ser.
Última semana de Febrero, apática cambio de canal en canal en el televisor. Murgas, chirigotas, comparsas… muchas regiones de España viven su semana grande. Miro con recelo, en mi pequeña ciudad no se celebra esta fiesta pagana. A lo sumo, desfiles escolares y algunas fiestas y promociones en pubs y discotecas. No me llama nada la atención. Apago el televisor y decido enchufar el ordenador, a ver que se cuece, aunque sin muchas pretensiones.
Actualizo redes sociales, miro cosas del trabajo… cuando aparece una pantalla emergente, es el Messenger. Me estaba hablando una pareja de Señor y Señora, que había conocido un par de meses atrás. La conversación no se salía de lo normal, típicos saludos, preguntar qué tal va… aunque yo sentía un gran respeto hacia estos dos Amos. Mi objetivo no era llegar más lejos de la relación que manteníamos, ni siquiera me había planteado tener una relación con Ellos.
La Señora acaba preguntándome por mis planes para ese fin de semana, al transmitirle yo que se presentaba bastante aburrido y monótono me propuso un plan: “Hay una fiesta de disfraces por Carnaval en un local BDSM de Madrid, si te apetece puedes venir. No te preocupes por el alojamiento, puedes quedarte en casa si quieres”. Me sentí muy extrañada al leer estas palabras, yo les había manifestado mi idea de viajar a Madrid en alguna ocasión a una fiesta BDSM pero no esperaba que me lo dijeran de forma tan directa.
Dudé. Temblaba y era incapaz de coordinar mis dedos para escribir en el ordenador. No sé ni cómo ni porqué, pero acepté. Sólo atiné a decir “Me gustaría mucho ir, Señores”. Acordamos los últimos datos; combinaciones de tren, horarios, normas y demás y nos despedimos. Entonces lo pienso y siento una gran inseguridad. “Estás loca” me digo repetidamente a mí misma.
Faltan tres días para mi viaje. Combino mi rutina diaria de trabajo con la preparación del disfraz para la fiesta. Mido cada detalle, procuro que esté todo perfecto.
El viaje.
Llego a la estación con antelación, las agujas del gran reloj parecen estar paralizadas. Tengo la impresión de estar en un sueño, como si no fuera real lo que estoy viviendo. Casi de forma automática me subo a mi tren. Falta aproximadamente media hora para llegar, es entonces cuando soy consciente de todo, los nervios se intensifican. No entiendo mis reacciones. Siento que he perdido el control de mi misma. Descubro que siento algo por Ellos.
Toma de contacto.
Me esperan en la Estación de Tren. Nos saludamos cordialmente. Guardo el protocolo, aunque, contrariamente a lo que yo pensaba, no me cuesta nada hacerlo. Vamos a Su casa y acomodo todas mis cosas. Decidimos ir a tomar algo y después descansar, mañana durante todo el día es la gran fiesta.
Vamos a un bar, donde sigue el protocolo y una charla muy agradable. Más bien, eran Ellos los que hablaban, yo estaba tan nerviosa que no podía articular palabra. Preguntan qué me pasa y me hacen saber que si estoy incómoda en cualquier momento lo diga. Contesto que no, todo está OK.
Volvemos a Su casa y nos acomodamos en el salón para continuar la charla. La Señora me pregunta tajante: “Te veo rara. ¿Qué te pasa? ¿Hay algo que quieras decirnos?” Yo me limito a negar con la cabeza, aunque creo que perciben mi inseguridad. Entonces el Señor dice: “Si estás segura no pasa nada, sigamos con la charla”. Automáticamente digo “Es que…. No sé… Estoy…. No sé….” No podía completar una sola frase. Ellos trataban de tranquilizarme y poco a poco me sacaban las palabras con sacacorchos. Acabé confesándoles que no sabía lo que sentía.
Me dieron una lección. Parecía que me conocían de toda la vida, que sabían al milímetro lo que pensaba en cada momento. Para mi asombro, me sentía bien, no era una situación incómoda para mí.
Y así llegamos a un acuerdo y establecimos algunas normas para ese fin de semana: probaríamos a conocernos, yo debía obedecerles en cualquier cosa, aunque no podía tratarles de Amo/Ama. Si me sentía incómoda tenía que decirlo. Igual si quería irme. Iba a ser obligatorio para mi utilizar el protocolo básico (Usted y Señor/a), aunque podía utilizar más protocolos si me sentía cómoda. El objetivo de ese fin de semana era que los tres disfrutáramos y ya hablaríamos al acabarlo de todo. Era una prueba para los tres, nuestra prueba.
Inmediatamente me ordenan que me desnude y coloque de pie, con las piernas abiertas y las manos detrás de la nuca. Me revisan al completo, primero con la mirada y después recorren cada centímetro de mi cuerpo con Sus manos. Me excito. “No no, perrita, aún no va a pasar nada. Vete a dormir. Mañana será un día duro. Ah, ni se te ocurra tocarte” –ordena el Señor. Obedezco. Me duermo casi al instante, gracias al cansancio acumulado.
La fiesta.
Me habían ordenado prepararme para la fiesta. Salgo al salón con mi traje de Geisha, que con tanta dedicación había preparado. A Ellos Les encanta. La Señora me ayuda con el peinado y el maquillaje. El Señor se encarga de hacer que Les sienta en todo momento: “Ven aquí perrita. Hoy sólo vas a pensar en nosotros. Primero porque vas a encargarte de que no nos falte nada y segundo porque vas a llevar puesto esto todo el día.” – decía mientras introducía un par de bolas chinas en mi sexo.
La Señora llevaba un traje precioso de Dama negra y el Señor iba vestido de capo de la mafia.
Estaba muy nerviosa, por mi cabeza rondaban multitud de ideas de cómo se iba a desarrollar la fiesta, la incertidumbre de no saber si iba a estar a la altura…
Nos dirigimos al lugar donde se celebraría la fiesta en coche. Los Señores conocían a mucha gente y estuvieron todo el rato hablando con unos y con otros. Yo pendiente en todo momento de que Sus bebidas estuvieran llenas y asegurándome de Su comodidad.
Se podía ver gran variedad de disfraces, algunos más bonitos que otros, pero ninguno como el de los dos Señores a los que acompañaba. Me sentía orgullosa y feliz de ir con Ellos y no precisamente porque llevaran un traje bonito.
Todo el mundo disfrutaba, se rencontraba con sus conocidos, hablaba, jugaba… Yo esperaba, nerviosa. Estaba segura de que en cualquier momento me tocaría a mí demostrar mi aguante al dolor físico, o quizás… alguna humillación… Pero no llegaba ese momento.
También pudimos disfrutar de algunas funciones y performances que habían preparado algunos asistentes. Yo miraba asombrada todo aquello. Nunca había estado en un ambiente similar. Me sentía bien, libre. Era lo que quería ser.
Hora de irse. Cansada y desconcertada terminaba de despedirme de las personas con las que habíamos entablado conversación durante todo el día. En el coche hicimos algunas reflexiones del día y yo, armada de valor, comenté que me había extrañado que no hubiéramos jugado. En ese momento vino la lección de coherencia y autocontrol de los Señores que manifestaron que les había encantado mi comportamiento, que había estado muy correcta, pero que aun así faltaba conocernos mucho más para poder hacer una exhibición en público.
De nuevo en casa. Ellos se acomodan en Sus sofás. Me desnudo y me dirijo al salón, sin que Ellos digan nada me arrodillo, me inclino hacia adelante, hasta que mi frente toca el suelo y extiendo los brazos. “Muchas gracias por todo esto. No quiero que acabe nunca… Les suplico me tomen como Su sumisa” – Les digo, asombrándome a mi misma al poder manifestar mis sentimientos con tanta facilidad.
Hablamos largo y tendido sobre el tema. Me cogieron como su sumisa a prueba y desde entonces y hasta hoy mi objetivo en la vida es el de servirles y Ellos son mi razón de ser.
Relatos Carnaval.......... allá van!!!! 2. esclavito
Aquella mañana Claudia estaba más sonriente que de costumbre. Me despertó con un beso y preparó el desayuno, e incluso lió el cigarro con el que yo solía terminarlo. A mis tiernos veintitrés años de edad haber viajado a Venecia para uno de los Carnavales más famosos del mundo era un acontecimiento tan feliz que pasé por alto esta inusualidad. La había conocido en Madrid, durante un curso de Erasmus en el que ella había solicitado acudir a clases en mi Universidad. Y nos enamoramos. Entre charlas sobre amor, los diferentes ex de cada uno, Nietzsche y Schopenhauer creció un afecto que nos llevó a mantener dos años de intensa relación, hasta entonces. Si bien, es cierto que tuve algunos escarceos cuando ella volvió a su ciudad natal una vez finalizada la beca, pero los consideré inocuos, carentes de un auténtico significado o valor. Por encima de todo siempre estaba ella.
Se sucedieron en el tiempo los viajes, en los cuales iba yo descubriendo la ciudad centenaria bajo su experta guía. El mes de febrero finalmente se presentó la oportunidad de acudir al Carnaval. Por teléfono me comentó entusiasmada que iríamos al centro con unos amigos comunes, todos italianos. Pero esa misma mañana en que ella me sonreía tanto, de improviso cambió de parecer.
- No vamos a ir con ellos esta tarde, cielo, te he preparado una sorpresa especial.
Acostumbrado a su solicitud, pero no tanto a las sorpresas de una vida y una rutina cuidadosamente planificada, abrí los ojos con incredulidad.
- Pensaba que te hacía ilusión llevarme a ese desfile de disfraces…
Dejó en el fregadero la taza del desayuno y se acercó pizpireta. Tenía un gesto infantil, inequívocamente malévolo, mientras se aproximaba, con las manos cruzadas a la espalda y esa sonrisa que andaba luciendo desde el amanecer.
- Es una sorpresa, y las sorpresas no se avisan con antelación, tontito- se burló.
El tono de voz era tan dulce y cariñoso que no pude sino sonreír y aceptar. Al fin y al cabo, era mi novia, ¿qué mal podía desearme?
Transcurrió tranquilo el día bajo el sol de la campiña italiana, y llegada la media tarde, con el sol acurrucándose tras las montañas tomamos el tren desde la desolada estación del pequeño pueblo en dirección a la “isola”. De noche no funcionan los transportes en la famosa ciudad, por lo que quedaríamos atrapados hasta la mañana siguiente, en un febrero gélido y en una ciudad cuyas callejuelas se vuelven tenebrosas ataviadas con la luz plateada de la luna. Nuestros pasos tronaban por el empedrado desierto, alejados de la mundanal Plaza de San Marcos. Claudia ejercía de anfitriona y se manejaba con soltura nativa en el laberinto de calles cercanas a la escuela naval, guiando mis ciegos pies. Girábamos a izquierda y derecha siguiendo un itinerario oculto a los ojos de un foráneo, atajando, bordeando, cruzando solitarios puentes mal iluminados, hasta que tras pasar una plaza pequeña y adentrarnos en una de tantas calles ella hizo un gesto con la mano.
Nos detuvimos frente a una pequeña mansión, un portón grande de madera gastada por los siglos y goznes viejos y herrumbrosos como el llamador que lucía en el centro, reverberando con la luna llena. Tras un par de toques y una nueva sonrisa la puerta se abrió con un leve chirrido al girar sobre su eje. Apareció lo que debía ser el mayordomo, con atuendo carnavalesco, acorde a los fastos que se prodigaban por toda la ciudad.
Nada me había contado sobre la sorpresa, tan solo que era una fiesta muy exclusiva y que lograr una entrada había resultado una titánica tarea. No pregunté más. Ella era mi guía privilegiada en aquel lugar, y tampoco deseaba levantar suspicacias ante tan voluntarioso comportamiento.
- Bienvenidos a la fiesta –nos saludó el mayordomo invitándonos a pasar- si desean cambiarse disponen de un vestuario tras esa puerta de la derecha –dijo señalándola.
-¿Cambiarnos? –miré sorprendido de nuevo a Claudia.
- Ahora no –me apremió-vamos es parte del misterio, cielo.
Si yo tenía alguna inquietud debió manifestarse entonces en mi rostro porque me tomó del brazo y me llevó hacia el vestuario. De una de las puertas salía un murmullo quedo y lejano.
Lo que llamaban vestuario era una estancia pobremente decorada, tan antigua como la propia ciudad, con paredes lechosas que ni siquiera una ventana albergaban y un artesonado de madera carcomido. Por toda luz, un candelabro de velas colgado de las vigas desprendía una oscura iluminación que arrojaba sobre la pared sombras chinescas. En la pared más alejada de la puerta unos armarios labrados servían de modernas taquillas.
Extrajo del bolso una llave y abrió con cuidado una de ellas. Durante un segundo creí atisbar una extraña sonrisa, una simple mueca, pero regresó de pronto su amoroso gesto y me entregó unas ropas cuidadosamente dobladas.
- Te va a encantar, vida mía –sonrió, y selló esta afirmación con un beso.
Su solicitud no era ajena a la que solía mostrar habitualmente, por lo que concluí que lo más acertado era ceder a sus deseos. Era un disfraz de arlequín, un traje a rombos de dos colores, rematado en uno de esos cuellos que suelen verse en los cuadros del siglo quince.
- Cariño, no es que desmerezca el traje, pero creo que te has olvidado de abrigar mis pies –comenté señalándolos.
Vestida con un traje exuberante que realzaba sus ya de por sí generosos pechos avanzó hacia mi y me rodeó con sus brazos.
- Te aseguro que todo está previsto –ahora sí percibí la pícara sonrisa con más claridad- No vas a necesitar zapatos, allí el suelo es de madera, no como éste de piedra. Además… eran muy caros.
- Menos mal –suspiré aliviado- vayamos entonces, que me estoy congelando –y enfilé hacia el corredor que nos había recibido.
- ¡Espera! –exclamó- te falta esto….
Me giré en redondo y advertí que llevaba en la mano un collar negro. Un collar que parecía de perro.
- ¿Y eso para qué es?
Debió adivinar mi estupor, porque mudó su rostro a una sonrisa tranquilizadora en extremo.
- Es muy típico en los Carnavales de aquí, todos los arlequines lo llevan, cielo –mientras lo decía no paraba de sonreír, de mostrarse cálida y amable, hecho que paradójicamente no lograba en absoluto esfumar mi inquietud- No seas tonto, es que no conoces bien nuestras costumbres. Pero no te preocupes, serás el arlequín más guapo de todos.
Atrapado entre su deseo y mi reticencia, finalmente terminé accediendo, y agaché la cabeza para que ajustase el collar. Al levantarla de nuevo me dí cuenta de que pendía una argolla de la parte frontal, pero no dije nada.
Salimos del vestuario ataviados ahora al más puro estilo del Carnaval veneciano. Ella había optado por un vestido con miriñaque ricamente decorado en oro y plata, con un escote tan voluminoso que sus pechos parecían estar a punto de salirse expelidos por la presión misma. Bajo la decoración pintoresca del lugar, basada en antorchas que iluminaban con tenue luz de antaño, flotaba en el aire la sensación de haber viajado atrás en el tiempo.
El corredor era un largo pasillo que distribuía diversas entradas, todas muy similares a la del vestuario que ahora dejábamos atrás, grandes y viejas puertas, de madera húmeda por la neblina que empañaba cada rincón de la urbe en esa época del año. Tan solo una de las puertas estaba guardada por un gigante de casi dos metros que franqueaba intimidante la entrada.
Claudia se detuvo en seco antes de llegar y me miró fijamente. Supe que tenía que decirme aún algo importante.
- Te he dicho que no conoces nuestras costumbres –susurró- así que escucha atentamente.
- ¿Ocurre algo?
- Nada, tan solo quiero darte unas instrucciones para que puedas desenvolverte.
- Cariño, obviaré el hecho de que no pretendo ofenderte ni menospreciar la sorpresa, pero esto es de lo más raro. ¿Instrucciones en una fiesta de Carnaval? ¿Por qué te pones tan seria?
- Cielo, en un Carnaval todo se invierte, esa es la principal regla. Y puesto que siempre te cedo la decisión en todo, por esta vez seré yo la que tenga ese privilegio, ¿de acuerdo? –me miró a los ojos con ternura, aguardando el inevitable asentimiento. Percibí que bajo esa mirada dulce subyacía un propósito oculto, pero no pude discernirlo. Y asentí.
- Solo es parte del juego, yo te daré algunas órdenes y las cumplirás.
- ¿Qué clase de órdenes? –pregunté suspicaz.
- Lo veremos sobre la marcha –y terminó la conversación con un beso húmedo.
Alejó su voluptuosa figura en dirección a la puerta franqueada por el gorila, y se giró haciéndome saber que me esperaba. Llegué hasta ella con unos pasos que me costó más de lo normal andar.
- Por cierto –dijo mientras el guardián abría la puerta- camina detrás de mí. Esa es la primera orden.
Y cruzó el umbral. Tan solo pude seguir sus pasos, acuciado por un extraño vértigo que nacía en mi estómago. Llegué aletargado a un patio interior recorrido por soportales cubiertos y sostenidos con columnas marmolinas lustradas, un lugar repleto de gente en actitudes singulares y desconcertantes.
A simple vista uno habría dicho que era como entrar a un vergel edénico, una suerte de paraíso terrenal. Hombres y mujeres con bandejas iban y venían entre los sofás desperdigados sin orden ni concierto. Curiosamente, algunos de ellos se hallaban sentados en el suelo, mientras que otros, los menos, charlaban con aquellos en la comodidad de los sofás. Como en el pasillo, la luz estaba proporcionada por antorchas y candelabros de velas colgantes, algunos a mucha distancia del techo. Las paredes lucían frescos romanos que recordaban las bacanales de sus ancestros, escasamente vistosos por el juego de sombras que producía aquella luz. Seguía los pasos de Claudia de reojo, mientras escrutaba la singular fiesta, aún fuera de mí por el vértigo y todos los comentarios inquietantes. Ella parecía muy segura, cómoda, y yo sin embargo tenía cada vez más ganas de poner fin a todo.
- Ven, vamos a sentarnos por ahí –y señaló un sofá libre, alejado del centro.
Recorrimos los soportales hasta un extremo de la sala. Las voces llegaban difusas en una marea fluctuante, risas y murmullos en la misma ola, y algunas cabezas que nos seguían con la mirada. Al ir a sentarme en el sofá un brazo me retuvo.
- En el suelo, siéntate en el suelo. No repliques –añadió al entrever la pregunta que ya asomaba.
Obedecí, no sin inquietud, ya perpetua, y cierto recelo.
- ¿No vamos a la barra a pedir algo?
Mirarla desde abajo me causó una cierta excitación, que por supuesto me callé.
- Ahora nos servirán, tranquilo –fue toda su respuesta.
Otro traje exuberante se acercó y comenzaron una animada charla ignorando mi presencia, por lo que me mantuve al margen, escrutando con ojos inquisidores el lugar y las actitudes de los presentes. Fue entonces cuando advertí aquel detalle, según el cual todos aquellos invitados a sentarse en el suelo portaban en su cuello el mismo collar que lucía yo. Busqué entonces los ojos de Claudia, pero seguía inmersa en la charla. Lo que parecía una mujer vestida de arlequín se acercó con una bandeja en la mano. Ahora sí, Claudia se giró y pidió un dry martini. La muchacha se alejó sin darme tiempo a pedir, y Claudia giró de nuevo la cabeza, en lo que parecía un deliberado ostracismo. Empezaba a cansarme de aquella fiesta, y no había hecho más que empezar.
- Ponte este antifaz, cielo –dijo tendiéndomelo.
Lo sopesé en ala mano y me percaté que era más parecido a un antifaz de dormir que a uno de carnaval, pues negaba por completo la visión.
- Con esto me quedaré ciego, ¿para qué me lo pongo?
- Recuerda la inversión de papeles, cariño. Calla y obedece –sentenció con un tirón de mi mejilla.
Con gesto hastiado ajusté el antifaz y dejé de ver cuanto sucedía a mi alrededor. Oía las risas y las voces, pero solo eran parte de un rompecabezas indescifrable, repartidas aquí y allá, en una negrura sin fondo.
- Dale, otra más, que parezca que la tiene en la boca –escuché.
Sobresaltado por un pensamiento repentino me quité bruscamente el antifaz, y delante de mi cara apreció una polla enorme y venosa, empalmada en todo su esplendor. Claudia sostenía en la mano el móvil, sacando divertida unas fotos.
- ¡Hija de mil p…! -exclamé.
Me puse de pie en un salto y cuando iba a abalanzarme sobre el teléfono un golpe intenso en la parte posterior de las rodillas me dobló y me tiró de nuevo al suelo.
- Ni te atrevas a hablarme así, zorra, no ahora que puedo arruinar tu vida con estas fotos –dijo desafiante mientras permanecía doblado- basta con que pulse un botón para que todos hagan de ti burla durante años.
No podía creer lo que estaba oyendo, ni creer que lo estuviera escuchando de boca de mi novia. Las miradas de varios grupos se habían vuelto hacia nosotros y miraban la escena con interés.
- No tienes ningún derecho a hacerme esto, joder, ¿qué coño te pasa? –otro golpe cayó sobre mí, esta vez en la parte posterior del cuello, dejándome momentáneamente aturdido.
- Voy a decirte tres cosas, guarra: la primera que a partir de ahora te diriges a mi como tu Ama o tu Señora; la segunda que cada vez que escuche algo que no me guste recibirás otro golpe, y cada vez; y la tercera, que tu Ama no actúa sin motivo.
Miré hacia arriba, a sus ojos, incrédulo, mientras las lágrimas comenzaban a aflorar por la humillación y la sorpresa.
- Mira Sandra –le dijo a su amiga- la putita está llorando –y prorrumpió en carcajadas que se oyeron en todo el lugar y atrajeron aun más miradas curiosas.
- Ya veo –corroboró la interpelada- y lo que le queda –y rió estrepitosamente junto a Claudia.
Ella estaba disfrutando este momento, teniéndome relegado y a sus pies, llamándome de todo sin que pusiera oponerme en modo alguno. Pero lo que más taladraba mi tristeza era no saber por qué. “Sin motivo”, había dicho, ¿pero cuál era el motivo de tanto odio?
- Dale Sandra, dile a tu sumiso que deje respirar a la putita, se me da que esa polla se le está haciendo apetitosa.
El musculoso tipo se alejó al instante y apartó la monstruosa herramienta de mi cara, una polla de buen tamaño.
- No me extraña Claudia, a juzgar por lo que me has contado este falo debe parecerle una maravilla. Bájale los pantalones, Alberto –el tipo desnudo, aprovechando mi posición a cuatro patas, tiró del elástico del disfraz y descubrió sin pudor mis partes a la vista de todos- ¡mira que ridiculez! Esa cosa es enana –exclamó jocosa.
- Ya lo sé, chica, y pensar que me he engañado tanto tiempo. Súbeselo, por favor, no tengo ganas de recordar miserias.
Con cada risa y cada burla mi autoestima se hundía un poco más en lo que parecía un pozo sin fondo. Su rostro desprendía sin embargo un placer desmesurado que acuchillaba aún más que todas las burlas. Al lado, el hombre desnudo se erguía amenazante, musculoso y presto a obedecer cualquier orden, o a detener cualquier movimiento que ellas considerasen. Trataba de articular una réplica, una queja, pero las palabras no acudían, se habían perdido, o me había perdido yo, en algún lugar recóndito.
- Que calladita está la guarrona ahora. ¿Qué pasa, nena? ¿Tan sorprendida estás?
- No… hay motivo… para esto –balbucí.
- Jajajaja –las risas sonaron ahora profundamente hirientes, astillas clavadas en las uñas- Sí que lo hay, no mientas. Por mentirme te has ganado otro golpecito, nena.
Y otro golpe desmesurado chocó contra mi espalda, justo en medio de las vértebras, haciéndome que me arqueara en acto reflejo, y caer exhausto con los brazos en el suelo, casi besándolo.
- ¿Acaso me crees imbécil como para no saber que has estado follando con otras? ¿Me estás llamando imbécil, puta?
-…-era cierto, era jodidamente cierto.
-¡Que me contestes!
-No Claudia.
De nuevo otro golpe en el cuello, que se sumaba a los que me recorrían la espalda en múltiples direcciones, como calambres que me inmovilizaban.
-Ya no te acuerdas de cómo debes dirigirte a mí, según parece. Pues prueba de nuevo, y otro golpe hasta que lo hagas de la manera correcta.
Su amiga Sandra y los demás curiosos parecían muy divertidos con el escarnio público. Algunos se habían acercado incluso, y comentaban la jugada entre cuchicheos.
…parece que le engañó con otras, se lo tiene merecido el muy…
…de verdad que los hay calzonazos, y ahora míralo….
…y con esa cosa pretende ser macho? Lo que hay que ver…
…mira que ridiculez, nunca ví algo así, jajajaja…
…hicimos bien en venir esta noche, si llego a perdérmelo…
- No mi Señora –respondí tratando de obviar lo que escuchaba para no sentirme todavía más acomplejado
- ¿Ves como puedes ser una buena zorra? Te has ahorrado un sufrimiento innecesario. Este que te golpea con un solo chasquido de dedos se llama Alberto, y a diferencia de ti es un macho de verdad, fuerte, musculoso y con un buen rabo, como debe ser –tomó el rostro de Alberto entre sus manos y le besó de tal modo que la lengua debió llegar profundo- Puede hacerte mucho daño si sigues haciendo el tonto… si golpea tan bien como besa –y añadió una mirada de lujuria hacia su miembro erecto.
La amenaza del dolor se volvió inocua frente a la mención de la superior hombría y al hecho de que mi novia (más bien exnovia) demostrara públicamente un deseo exacerbado por ese hombre. Con cada humillación lograba que mi ego se disipara un poco más. Ni quería ni podía balbucir lamento alguno. Las lágrimas nacían solas y morían en las mejillas de un rostro inerte.
- Dado que eres una zorra hoy vas a tener ración de polla hasta que me harte. Te tocó la lotería, nena –rió burlona- Alberto, ponle esa polla tan magnífica que tienes cerca de la boquita, anda.
De nuevo el armario empotrado se colocó enfrente con su miembro erecto apenas a unos centímetros de mi cara, un miembro enorme, de glande morado y liso, y un tronco venoso y potente.
- Aguarda un segundo, putita. Dado que estamos en carnaval y vas a comerte tu primer rabo tenemos que hacerte más femenina, ¿no te parece, Sandra?
- Dudo que la zorrita pueda tener ese privilegio –rió divertida- pero podemos pintarle los labios para que se lo crea.
- ¡Excelente idea! –exclamó Claudia- ve por uno de tus pintalabios, querida, pero que no sea de los caros –añadió- esta es una furcia barata, y los tuyos son para zorras de más calidad.
Seguía pulsando las teclas de la humillación con la precisión de un pianista de filarmónica, doblegando una voluntad ya bastante hundida. La interpelada revolvió en su bolso unos instantes y le tendió el maquillaje a Claudia, que se acercó triunfante.
- Quédate quieta, o además de furcia pensarán que eres una torpe que ni siquiera sabe maquillarse como es debido, nena –y dijo esto último en voz alta, esperando las risas que llegaron al instante.
Delineó mis labios con sádica pasión, y firmó su venganza apoyando los suyos húmedos en los míos recién pintados, un pico de mujer a mujer. Nada podía ser ya más denigrante.
- Dale putita. Chúpala como se chupa una polla de verdad, y da gracias por el alimento.
- Gracias por el alimento… Mi Señora –acerté a decir asqueado y a punto de derrumbarme.
- Bien, así se hace, hay que ser educado ante todo. Ahora… chúpala.
No quería mirar con los ojos, no quería ser consciente de estar ahí postrado, obedeciendo unas órdenes humillantes y delante de un grupo de gente divertida con la lascivia sádica de mi exnovia. Bajé los párpados y adelanté la cabeza, dispuesto a que el trago pasara lo antes posible. Posé la lengua en el glande morado, y lo recorrí por impulso, llevado de una motivación ajena a la lujuria, mojando con mi saliva y mis lágrimas el tronco venoso, y succionándolo por completo en mi boca, mientras se manchaba, imaginaba, con el carmín de mis labios recién pintados.
- Eso es, putita, muy bien, pero abre los ojos, quiero que veas en todo momento lo que estás haciendo, quiero que veas a que está obligado el perdedor por la mera voluntad de la ganadora.
Al abrirlos el dolor se hizo aún más patente, lamía el cilindro con la lengua para evitar metérmelo por completo en la boca, pero Claudia empujaba mi cabeza desde atrás y lo introducía hasta la campanilla, mientras Sandra y otros curiosos falseaban la escena con sus cámaras. A mi pesar una fuerte erección me estaba empalmando, y en mi interior se libraba una lucha entre el placer y la humillación.
- Mira como se empalma la guarra, Sandra, acertaste al decir que era una comepollas de primera.
- No es justo que se lo pase tan bien, querida, igual con esto le bajamos un poco las ganas –y por el rabillo del ojo observé que le entregaba a Claudia algo rígido y alargado.
Seguía lamiendo el falo, ahora con una fruición que hubiera juzgado impropia de mi, olvidado de los curiosos y de las cámaras, cuando chispas de dolor restallaron con un inconfundible sonido en mi espalda, y me obligaron a arquear la ya dolorida espalda. De mi boca ocupada con el pene de Alberto surgió un aullido mitigado.
- Tranquila perrita –rió Claudia desde atrás- solo es para que asocies el dolor al placer desde este momento, porque así es como lo sentirás durante toda esta noche, y quién sabe si durante mucho más tiempo…
Dio a la incógnita un tono sarcástico que pretendía flagelar mi espíritu al tiempo que mi cuerpo y mi mente. Y lo estaba logrando. Mientras el impulso desconocido por adorar el pene con mi lengua se apoderaba de mí empecé a sentir los latigazos de una manera distinta, ampliaban el placer adornándolo con quejidos de una piel y un cuerpo que sentía lejanos en la distancia, y de nuevo a mi pesar la erección se mantenía, e incluso mejoraba.
Durante minutos continuamos el bizarro trío como en un circo frente a aquellos extraños espectadores que jaleaban la escena con perturbador ánimo. Mi exnovia aplicaba a mi espalda y a mi culo un correctivo ejemplar a base de fusta, mientras yo me ocupaba de la polla de Alberto, ayudándome solo de la boca y a cuatro patas, recorrido mi cuerpo por oleadas de un placer desconocido que nublaba mi mente y anulaba mi voluntad.
- Sandra querida –dijo como despertando de un sueño- trae esos juguetitos tuyos ¿quieres?, y el espejo, hazme el favor.
La exuberante mujer se marchó y volvió al poco con algunos objetos. Otro hombre fornido apareció delante e instaló un espejo rectangular grande que me permitía ver con claridad todo lo que ocurría detrás de mi.
- ¿No será un poco grande? –oí preguntar.
- Entrará perfectamente, también tiene un culo tragapollas, ya verás.
Al oír la mención a mi culo me estremecí y saqué el pene de mi boca, pero una bofetada me recondujo al falo y a mi tarea, temblando todo mi cuerpo, devuelto a la realidad en la que todo podía ocurrir, al margen de mi voluntad.
- No te preocupes putita, se que te va a gustar que te folle aunque al principio desees que acabe contigo, a todas las zorras les gusta, como a esas que te tiraste, ¿verdad? –era obvio que cualquier objeción no iba a apiadarla, que no había réplica, y que mi resistencia solo me aportaría mas bofetadas, puñetazos o latigazos- Poned el espejo más a la derecha, quiero que lo vea bien, que me vea follándole el culo y aprenda cuál es su lugar. Asegúrate de que tiene los ojos bien abiertos, guapo Alberto –le dijo con tono insinuante.
Se deshizo de la falda abultada del disfraz y apareció vestida con un body que nunca jamás había empleado conmigo, negro y rojo, plagado de transparencias, y ajustó en la entrepierna el artefacto, mayor que el que ocupaba mi boca. A través del espejo ella me sonreía, con malicia y divertimento. Unos dedos hurgaron sin piedad en mi ano, se introdujeron unos milímetros y volvieron a salir. Y volvió a repetir la operación varias veces, cada vez en mayor número, produciéndome sensaciones encontradas, de nuevo de dolor y placer. Observé como extendía algo por falo, recorriéndolo de arriba abajo con las palmas de las manos, y al instante sentí el contacto de algo frío y pegajoso en mi cavidad que se contraía por reflejo del pánico. Aunque Claudia parecía concentrarse en la tarea no dejaba de echar miradas de soslayo para comprobar mi grado de humillación.
- Ahora la putita va a tener dos pollas para ella solita, hoy es un día grande. Sandra, no dejes de sacar fotos de esta guarra en un momento tan especial para ella.
Y sin previo aviso algo me atravesó de parte a parte. Se abrió paso en mis entrañas desgarrándolas, con una facilidad que solo podía deberse al lubricante. Empujó hasta el fondo y lo apretó, haciéndome sentir como un pavo relleno, dejándome sin respiración mientras Alberto me tomaba de la cabeza y la empujaba hasta su pubis. Mis jadeos se mezclaron de improviso con los lamentos que salían desordenados de una garganta ocupada. Con el culo y el dildo lubricados empezó un duro mete saca que se prolongó durante más de diez minutos, hasta que Alberto, estimulado por mi lengua y mis jadeos de dolor, y los gemidos de placer de Claudia acabó ruidosamente en mi boca, descargando la primera lechada en el fondo de la garganta y haciéndome toser.
- Ahora límpiala, no dejes ni una gota, escuché decir a Claudia- la corrida de alguien superior a ti es algo que no puedes desperdiciar.
Con unas pocas lamidas dejé el miembro limpio de nuevo, y mi autoestima definitivamente destruida, en el fondo de algún oscuro cenagal. Había sido violado, en el sentido más estricto de la palabra, follado contra mi voluntad. Por mi novia. Y ahora ella tenía las pruebas fotográficas que podían destruir mi fama y mi reputación para siempre. Sin duda parecía muy capaz de hacerlo. Ella había portado siempre su antifaz de carnaval, mientras que mi cara permaneció al descubierto desde el principio. No había escapatoria.
- Mi querida Sandra –dijo Claudia- ha sido el mejor comienzo de fiesta que recuerdo en mucho tiempo. No sé ni cómo agradecértelo.
- Claudia, preciosa… -replicó- a mi se me ocurren unas cuantas maneras, y aun queda mucha fiesta por delante…
- Vaya que sí, ¡que viva el Carnaval!
Se sucedieron en el tiempo los viajes, en los cuales iba yo descubriendo la ciudad centenaria bajo su experta guía. El mes de febrero finalmente se presentó la oportunidad de acudir al Carnaval. Por teléfono me comentó entusiasmada que iríamos al centro con unos amigos comunes, todos italianos. Pero esa misma mañana en que ella me sonreía tanto, de improviso cambió de parecer.
- No vamos a ir con ellos esta tarde, cielo, te he preparado una sorpresa especial.
Acostumbrado a su solicitud, pero no tanto a las sorpresas de una vida y una rutina cuidadosamente planificada, abrí los ojos con incredulidad.
- Pensaba que te hacía ilusión llevarme a ese desfile de disfraces…
Dejó en el fregadero la taza del desayuno y se acercó pizpireta. Tenía un gesto infantil, inequívocamente malévolo, mientras se aproximaba, con las manos cruzadas a la espalda y esa sonrisa que andaba luciendo desde el amanecer.
- Es una sorpresa, y las sorpresas no se avisan con antelación, tontito- se burló.
El tono de voz era tan dulce y cariñoso que no pude sino sonreír y aceptar. Al fin y al cabo, era mi novia, ¿qué mal podía desearme?
Transcurrió tranquilo el día bajo el sol de la campiña italiana, y llegada la media tarde, con el sol acurrucándose tras las montañas tomamos el tren desde la desolada estación del pequeño pueblo en dirección a la “isola”. De noche no funcionan los transportes en la famosa ciudad, por lo que quedaríamos atrapados hasta la mañana siguiente, en un febrero gélido y en una ciudad cuyas callejuelas se vuelven tenebrosas ataviadas con la luz plateada de la luna. Nuestros pasos tronaban por el empedrado desierto, alejados de la mundanal Plaza de San Marcos. Claudia ejercía de anfitriona y se manejaba con soltura nativa en el laberinto de calles cercanas a la escuela naval, guiando mis ciegos pies. Girábamos a izquierda y derecha siguiendo un itinerario oculto a los ojos de un foráneo, atajando, bordeando, cruzando solitarios puentes mal iluminados, hasta que tras pasar una plaza pequeña y adentrarnos en una de tantas calles ella hizo un gesto con la mano.
Nos detuvimos frente a una pequeña mansión, un portón grande de madera gastada por los siglos y goznes viejos y herrumbrosos como el llamador que lucía en el centro, reverberando con la luna llena. Tras un par de toques y una nueva sonrisa la puerta se abrió con un leve chirrido al girar sobre su eje. Apareció lo que debía ser el mayordomo, con atuendo carnavalesco, acorde a los fastos que se prodigaban por toda la ciudad.
Nada me había contado sobre la sorpresa, tan solo que era una fiesta muy exclusiva y que lograr una entrada había resultado una titánica tarea. No pregunté más. Ella era mi guía privilegiada en aquel lugar, y tampoco deseaba levantar suspicacias ante tan voluntarioso comportamiento.
- Bienvenidos a la fiesta –nos saludó el mayordomo invitándonos a pasar- si desean cambiarse disponen de un vestuario tras esa puerta de la derecha –dijo señalándola.
-¿Cambiarnos? –miré sorprendido de nuevo a Claudia.
- Ahora no –me apremió-vamos es parte del misterio, cielo.
Si yo tenía alguna inquietud debió manifestarse entonces en mi rostro porque me tomó del brazo y me llevó hacia el vestuario. De una de las puertas salía un murmullo quedo y lejano.
Lo que llamaban vestuario era una estancia pobremente decorada, tan antigua como la propia ciudad, con paredes lechosas que ni siquiera una ventana albergaban y un artesonado de madera carcomido. Por toda luz, un candelabro de velas colgado de las vigas desprendía una oscura iluminación que arrojaba sobre la pared sombras chinescas. En la pared más alejada de la puerta unos armarios labrados servían de modernas taquillas.
Extrajo del bolso una llave y abrió con cuidado una de ellas. Durante un segundo creí atisbar una extraña sonrisa, una simple mueca, pero regresó de pronto su amoroso gesto y me entregó unas ropas cuidadosamente dobladas.
- Te va a encantar, vida mía –sonrió, y selló esta afirmación con un beso.
Su solicitud no era ajena a la que solía mostrar habitualmente, por lo que concluí que lo más acertado era ceder a sus deseos. Era un disfraz de arlequín, un traje a rombos de dos colores, rematado en uno de esos cuellos que suelen verse en los cuadros del siglo quince.
- Cariño, no es que desmerezca el traje, pero creo que te has olvidado de abrigar mis pies –comenté señalándolos.
Vestida con un traje exuberante que realzaba sus ya de por sí generosos pechos avanzó hacia mi y me rodeó con sus brazos.
- Te aseguro que todo está previsto –ahora sí percibí la pícara sonrisa con más claridad- No vas a necesitar zapatos, allí el suelo es de madera, no como éste de piedra. Además… eran muy caros.
- Menos mal –suspiré aliviado- vayamos entonces, que me estoy congelando –y enfilé hacia el corredor que nos había recibido.
- ¡Espera! –exclamó- te falta esto….
Me giré en redondo y advertí que llevaba en la mano un collar negro. Un collar que parecía de perro.
- ¿Y eso para qué es?
Debió adivinar mi estupor, porque mudó su rostro a una sonrisa tranquilizadora en extremo.
- Es muy típico en los Carnavales de aquí, todos los arlequines lo llevan, cielo –mientras lo decía no paraba de sonreír, de mostrarse cálida y amable, hecho que paradójicamente no lograba en absoluto esfumar mi inquietud- No seas tonto, es que no conoces bien nuestras costumbres. Pero no te preocupes, serás el arlequín más guapo de todos.
Atrapado entre su deseo y mi reticencia, finalmente terminé accediendo, y agaché la cabeza para que ajustase el collar. Al levantarla de nuevo me dí cuenta de que pendía una argolla de la parte frontal, pero no dije nada.
Salimos del vestuario ataviados ahora al más puro estilo del Carnaval veneciano. Ella había optado por un vestido con miriñaque ricamente decorado en oro y plata, con un escote tan voluminoso que sus pechos parecían estar a punto de salirse expelidos por la presión misma. Bajo la decoración pintoresca del lugar, basada en antorchas que iluminaban con tenue luz de antaño, flotaba en el aire la sensación de haber viajado atrás en el tiempo.
El corredor era un largo pasillo que distribuía diversas entradas, todas muy similares a la del vestuario que ahora dejábamos atrás, grandes y viejas puertas, de madera húmeda por la neblina que empañaba cada rincón de la urbe en esa época del año. Tan solo una de las puertas estaba guardada por un gigante de casi dos metros que franqueaba intimidante la entrada.
Claudia se detuvo en seco antes de llegar y me miró fijamente. Supe que tenía que decirme aún algo importante.
- Te he dicho que no conoces nuestras costumbres –susurró- así que escucha atentamente.
- ¿Ocurre algo?
- Nada, tan solo quiero darte unas instrucciones para que puedas desenvolverte.
- Cariño, obviaré el hecho de que no pretendo ofenderte ni menospreciar la sorpresa, pero esto es de lo más raro. ¿Instrucciones en una fiesta de Carnaval? ¿Por qué te pones tan seria?
- Cielo, en un Carnaval todo se invierte, esa es la principal regla. Y puesto que siempre te cedo la decisión en todo, por esta vez seré yo la que tenga ese privilegio, ¿de acuerdo? –me miró a los ojos con ternura, aguardando el inevitable asentimiento. Percibí que bajo esa mirada dulce subyacía un propósito oculto, pero no pude discernirlo. Y asentí.
- Solo es parte del juego, yo te daré algunas órdenes y las cumplirás.
- ¿Qué clase de órdenes? –pregunté suspicaz.
- Lo veremos sobre la marcha –y terminó la conversación con un beso húmedo.
Alejó su voluptuosa figura en dirección a la puerta franqueada por el gorila, y se giró haciéndome saber que me esperaba. Llegué hasta ella con unos pasos que me costó más de lo normal andar.
- Por cierto –dijo mientras el guardián abría la puerta- camina detrás de mí. Esa es la primera orden.
Y cruzó el umbral. Tan solo pude seguir sus pasos, acuciado por un extraño vértigo que nacía en mi estómago. Llegué aletargado a un patio interior recorrido por soportales cubiertos y sostenidos con columnas marmolinas lustradas, un lugar repleto de gente en actitudes singulares y desconcertantes.
A simple vista uno habría dicho que era como entrar a un vergel edénico, una suerte de paraíso terrenal. Hombres y mujeres con bandejas iban y venían entre los sofás desperdigados sin orden ni concierto. Curiosamente, algunos de ellos se hallaban sentados en el suelo, mientras que otros, los menos, charlaban con aquellos en la comodidad de los sofás. Como en el pasillo, la luz estaba proporcionada por antorchas y candelabros de velas colgantes, algunos a mucha distancia del techo. Las paredes lucían frescos romanos que recordaban las bacanales de sus ancestros, escasamente vistosos por el juego de sombras que producía aquella luz. Seguía los pasos de Claudia de reojo, mientras escrutaba la singular fiesta, aún fuera de mí por el vértigo y todos los comentarios inquietantes. Ella parecía muy segura, cómoda, y yo sin embargo tenía cada vez más ganas de poner fin a todo.
- Ven, vamos a sentarnos por ahí –y señaló un sofá libre, alejado del centro.
Recorrimos los soportales hasta un extremo de la sala. Las voces llegaban difusas en una marea fluctuante, risas y murmullos en la misma ola, y algunas cabezas que nos seguían con la mirada. Al ir a sentarme en el sofá un brazo me retuvo.
- En el suelo, siéntate en el suelo. No repliques –añadió al entrever la pregunta que ya asomaba.
Obedecí, no sin inquietud, ya perpetua, y cierto recelo.
- ¿No vamos a la barra a pedir algo?
Mirarla desde abajo me causó una cierta excitación, que por supuesto me callé.
- Ahora nos servirán, tranquilo –fue toda su respuesta.
Otro traje exuberante se acercó y comenzaron una animada charla ignorando mi presencia, por lo que me mantuve al margen, escrutando con ojos inquisidores el lugar y las actitudes de los presentes. Fue entonces cuando advertí aquel detalle, según el cual todos aquellos invitados a sentarse en el suelo portaban en su cuello el mismo collar que lucía yo. Busqué entonces los ojos de Claudia, pero seguía inmersa en la charla. Lo que parecía una mujer vestida de arlequín se acercó con una bandeja en la mano. Ahora sí, Claudia se giró y pidió un dry martini. La muchacha se alejó sin darme tiempo a pedir, y Claudia giró de nuevo la cabeza, en lo que parecía un deliberado ostracismo. Empezaba a cansarme de aquella fiesta, y no había hecho más que empezar.
- Ponte este antifaz, cielo –dijo tendiéndomelo.
Lo sopesé en ala mano y me percaté que era más parecido a un antifaz de dormir que a uno de carnaval, pues negaba por completo la visión.
- Con esto me quedaré ciego, ¿para qué me lo pongo?
- Recuerda la inversión de papeles, cariño. Calla y obedece –sentenció con un tirón de mi mejilla.
Con gesto hastiado ajusté el antifaz y dejé de ver cuanto sucedía a mi alrededor. Oía las risas y las voces, pero solo eran parte de un rompecabezas indescifrable, repartidas aquí y allá, en una negrura sin fondo.
- Dale, otra más, que parezca que la tiene en la boca –escuché.
Sobresaltado por un pensamiento repentino me quité bruscamente el antifaz, y delante de mi cara apreció una polla enorme y venosa, empalmada en todo su esplendor. Claudia sostenía en la mano el móvil, sacando divertida unas fotos.
- ¡Hija de mil p…! -exclamé.
Me puse de pie en un salto y cuando iba a abalanzarme sobre el teléfono un golpe intenso en la parte posterior de las rodillas me dobló y me tiró de nuevo al suelo.
- Ni te atrevas a hablarme así, zorra, no ahora que puedo arruinar tu vida con estas fotos –dijo desafiante mientras permanecía doblado- basta con que pulse un botón para que todos hagan de ti burla durante años.
No podía creer lo que estaba oyendo, ni creer que lo estuviera escuchando de boca de mi novia. Las miradas de varios grupos se habían vuelto hacia nosotros y miraban la escena con interés.
- No tienes ningún derecho a hacerme esto, joder, ¿qué coño te pasa? –otro golpe cayó sobre mí, esta vez en la parte posterior del cuello, dejándome momentáneamente aturdido.
- Voy a decirte tres cosas, guarra: la primera que a partir de ahora te diriges a mi como tu Ama o tu Señora; la segunda que cada vez que escuche algo que no me guste recibirás otro golpe, y cada vez; y la tercera, que tu Ama no actúa sin motivo.
Miré hacia arriba, a sus ojos, incrédulo, mientras las lágrimas comenzaban a aflorar por la humillación y la sorpresa.
- Mira Sandra –le dijo a su amiga- la putita está llorando –y prorrumpió en carcajadas que se oyeron en todo el lugar y atrajeron aun más miradas curiosas.
- Ya veo –corroboró la interpelada- y lo que le queda –y rió estrepitosamente junto a Claudia.
Ella estaba disfrutando este momento, teniéndome relegado y a sus pies, llamándome de todo sin que pusiera oponerme en modo alguno. Pero lo que más taladraba mi tristeza era no saber por qué. “Sin motivo”, había dicho, ¿pero cuál era el motivo de tanto odio?
- Dale Sandra, dile a tu sumiso que deje respirar a la putita, se me da que esa polla se le está haciendo apetitosa.
El musculoso tipo se alejó al instante y apartó la monstruosa herramienta de mi cara, una polla de buen tamaño.
- No me extraña Claudia, a juzgar por lo que me has contado este falo debe parecerle una maravilla. Bájale los pantalones, Alberto –el tipo desnudo, aprovechando mi posición a cuatro patas, tiró del elástico del disfraz y descubrió sin pudor mis partes a la vista de todos- ¡mira que ridiculez! Esa cosa es enana –exclamó jocosa.
- Ya lo sé, chica, y pensar que me he engañado tanto tiempo. Súbeselo, por favor, no tengo ganas de recordar miserias.
Con cada risa y cada burla mi autoestima se hundía un poco más en lo que parecía un pozo sin fondo. Su rostro desprendía sin embargo un placer desmesurado que acuchillaba aún más que todas las burlas. Al lado, el hombre desnudo se erguía amenazante, musculoso y presto a obedecer cualquier orden, o a detener cualquier movimiento que ellas considerasen. Trataba de articular una réplica, una queja, pero las palabras no acudían, se habían perdido, o me había perdido yo, en algún lugar recóndito.
- Que calladita está la guarrona ahora. ¿Qué pasa, nena? ¿Tan sorprendida estás?
- No… hay motivo… para esto –balbucí.
- Jajajaja –las risas sonaron ahora profundamente hirientes, astillas clavadas en las uñas- Sí que lo hay, no mientas. Por mentirme te has ganado otro golpecito, nena.
Y otro golpe desmesurado chocó contra mi espalda, justo en medio de las vértebras, haciéndome que me arqueara en acto reflejo, y caer exhausto con los brazos en el suelo, casi besándolo.
- ¿Acaso me crees imbécil como para no saber que has estado follando con otras? ¿Me estás llamando imbécil, puta?
-…-era cierto, era jodidamente cierto.
-¡Que me contestes!
-No Claudia.
De nuevo otro golpe en el cuello, que se sumaba a los que me recorrían la espalda en múltiples direcciones, como calambres que me inmovilizaban.
-Ya no te acuerdas de cómo debes dirigirte a mí, según parece. Pues prueba de nuevo, y otro golpe hasta que lo hagas de la manera correcta.
Su amiga Sandra y los demás curiosos parecían muy divertidos con el escarnio público. Algunos se habían acercado incluso, y comentaban la jugada entre cuchicheos.
…parece que le engañó con otras, se lo tiene merecido el muy…
…de verdad que los hay calzonazos, y ahora míralo….
…y con esa cosa pretende ser macho? Lo que hay que ver…
…mira que ridiculez, nunca ví algo así, jajajaja…
…hicimos bien en venir esta noche, si llego a perdérmelo…
- No mi Señora –respondí tratando de obviar lo que escuchaba para no sentirme todavía más acomplejado
- ¿Ves como puedes ser una buena zorra? Te has ahorrado un sufrimiento innecesario. Este que te golpea con un solo chasquido de dedos se llama Alberto, y a diferencia de ti es un macho de verdad, fuerte, musculoso y con un buen rabo, como debe ser –tomó el rostro de Alberto entre sus manos y le besó de tal modo que la lengua debió llegar profundo- Puede hacerte mucho daño si sigues haciendo el tonto… si golpea tan bien como besa –y añadió una mirada de lujuria hacia su miembro erecto.
La amenaza del dolor se volvió inocua frente a la mención de la superior hombría y al hecho de que mi novia (más bien exnovia) demostrara públicamente un deseo exacerbado por ese hombre. Con cada humillación lograba que mi ego se disipara un poco más. Ni quería ni podía balbucir lamento alguno. Las lágrimas nacían solas y morían en las mejillas de un rostro inerte.
- Dado que eres una zorra hoy vas a tener ración de polla hasta que me harte. Te tocó la lotería, nena –rió burlona- Alberto, ponle esa polla tan magnífica que tienes cerca de la boquita, anda.
De nuevo el armario empotrado se colocó enfrente con su miembro erecto apenas a unos centímetros de mi cara, un miembro enorme, de glande morado y liso, y un tronco venoso y potente.
- Aguarda un segundo, putita. Dado que estamos en carnaval y vas a comerte tu primer rabo tenemos que hacerte más femenina, ¿no te parece, Sandra?
- Dudo que la zorrita pueda tener ese privilegio –rió divertida- pero podemos pintarle los labios para que se lo crea.
- ¡Excelente idea! –exclamó Claudia- ve por uno de tus pintalabios, querida, pero que no sea de los caros –añadió- esta es una furcia barata, y los tuyos son para zorras de más calidad.
Seguía pulsando las teclas de la humillación con la precisión de un pianista de filarmónica, doblegando una voluntad ya bastante hundida. La interpelada revolvió en su bolso unos instantes y le tendió el maquillaje a Claudia, que se acercó triunfante.
- Quédate quieta, o además de furcia pensarán que eres una torpe que ni siquiera sabe maquillarse como es debido, nena –y dijo esto último en voz alta, esperando las risas que llegaron al instante.
Delineó mis labios con sádica pasión, y firmó su venganza apoyando los suyos húmedos en los míos recién pintados, un pico de mujer a mujer. Nada podía ser ya más denigrante.
- Dale putita. Chúpala como se chupa una polla de verdad, y da gracias por el alimento.
- Gracias por el alimento… Mi Señora –acerté a decir asqueado y a punto de derrumbarme.
- Bien, así se hace, hay que ser educado ante todo. Ahora… chúpala.
No quería mirar con los ojos, no quería ser consciente de estar ahí postrado, obedeciendo unas órdenes humillantes y delante de un grupo de gente divertida con la lascivia sádica de mi exnovia. Bajé los párpados y adelanté la cabeza, dispuesto a que el trago pasara lo antes posible. Posé la lengua en el glande morado, y lo recorrí por impulso, llevado de una motivación ajena a la lujuria, mojando con mi saliva y mis lágrimas el tronco venoso, y succionándolo por completo en mi boca, mientras se manchaba, imaginaba, con el carmín de mis labios recién pintados.
- Eso es, putita, muy bien, pero abre los ojos, quiero que veas en todo momento lo que estás haciendo, quiero que veas a que está obligado el perdedor por la mera voluntad de la ganadora.
Al abrirlos el dolor se hizo aún más patente, lamía el cilindro con la lengua para evitar metérmelo por completo en la boca, pero Claudia empujaba mi cabeza desde atrás y lo introducía hasta la campanilla, mientras Sandra y otros curiosos falseaban la escena con sus cámaras. A mi pesar una fuerte erección me estaba empalmando, y en mi interior se libraba una lucha entre el placer y la humillación.
- Mira como se empalma la guarra, Sandra, acertaste al decir que era una comepollas de primera.
- No es justo que se lo pase tan bien, querida, igual con esto le bajamos un poco las ganas –y por el rabillo del ojo observé que le entregaba a Claudia algo rígido y alargado.
Seguía lamiendo el falo, ahora con una fruición que hubiera juzgado impropia de mi, olvidado de los curiosos y de las cámaras, cuando chispas de dolor restallaron con un inconfundible sonido en mi espalda, y me obligaron a arquear la ya dolorida espalda. De mi boca ocupada con el pene de Alberto surgió un aullido mitigado.
- Tranquila perrita –rió Claudia desde atrás- solo es para que asocies el dolor al placer desde este momento, porque así es como lo sentirás durante toda esta noche, y quién sabe si durante mucho más tiempo…
Dio a la incógnita un tono sarcástico que pretendía flagelar mi espíritu al tiempo que mi cuerpo y mi mente. Y lo estaba logrando. Mientras el impulso desconocido por adorar el pene con mi lengua se apoderaba de mí empecé a sentir los latigazos de una manera distinta, ampliaban el placer adornándolo con quejidos de una piel y un cuerpo que sentía lejanos en la distancia, y de nuevo a mi pesar la erección se mantenía, e incluso mejoraba.
Durante minutos continuamos el bizarro trío como en un circo frente a aquellos extraños espectadores que jaleaban la escena con perturbador ánimo. Mi exnovia aplicaba a mi espalda y a mi culo un correctivo ejemplar a base de fusta, mientras yo me ocupaba de la polla de Alberto, ayudándome solo de la boca y a cuatro patas, recorrido mi cuerpo por oleadas de un placer desconocido que nublaba mi mente y anulaba mi voluntad.
- Sandra querida –dijo como despertando de un sueño- trae esos juguetitos tuyos ¿quieres?, y el espejo, hazme el favor.
La exuberante mujer se marchó y volvió al poco con algunos objetos. Otro hombre fornido apareció delante e instaló un espejo rectangular grande que me permitía ver con claridad todo lo que ocurría detrás de mi.
- ¿No será un poco grande? –oí preguntar.
- Entrará perfectamente, también tiene un culo tragapollas, ya verás.
Al oír la mención a mi culo me estremecí y saqué el pene de mi boca, pero una bofetada me recondujo al falo y a mi tarea, temblando todo mi cuerpo, devuelto a la realidad en la que todo podía ocurrir, al margen de mi voluntad.
- No te preocupes putita, se que te va a gustar que te folle aunque al principio desees que acabe contigo, a todas las zorras les gusta, como a esas que te tiraste, ¿verdad? –era obvio que cualquier objeción no iba a apiadarla, que no había réplica, y que mi resistencia solo me aportaría mas bofetadas, puñetazos o latigazos- Poned el espejo más a la derecha, quiero que lo vea bien, que me vea follándole el culo y aprenda cuál es su lugar. Asegúrate de que tiene los ojos bien abiertos, guapo Alberto –le dijo con tono insinuante.
Se deshizo de la falda abultada del disfraz y apareció vestida con un body que nunca jamás había empleado conmigo, negro y rojo, plagado de transparencias, y ajustó en la entrepierna el artefacto, mayor que el que ocupaba mi boca. A través del espejo ella me sonreía, con malicia y divertimento. Unos dedos hurgaron sin piedad en mi ano, se introdujeron unos milímetros y volvieron a salir. Y volvió a repetir la operación varias veces, cada vez en mayor número, produciéndome sensaciones encontradas, de nuevo de dolor y placer. Observé como extendía algo por falo, recorriéndolo de arriba abajo con las palmas de las manos, y al instante sentí el contacto de algo frío y pegajoso en mi cavidad que se contraía por reflejo del pánico. Aunque Claudia parecía concentrarse en la tarea no dejaba de echar miradas de soslayo para comprobar mi grado de humillación.
- Ahora la putita va a tener dos pollas para ella solita, hoy es un día grande. Sandra, no dejes de sacar fotos de esta guarra en un momento tan especial para ella.
Y sin previo aviso algo me atravesó de parte a parte. Se abrió paso en mis entrañas desgarrándolas, con una facilidad que solo podía deberse al lubricante. Empujó hasta el fondo y lo apretó, haciéndome sentir como un pavo relleno, dejándome sin respiración mientras Alberto me tomaba de la cabeza y la empujaba hasta su pubis. Mis jadeos se mezclaron de improviso con los lamentos que salían desordenados de una garganta ocupada. Con el culo y el dildo lubricados empezó un duro mete saca que se prolongó durante más de diez minutos, hasta que Alberto, estimulado por mi lengua y mis jadeos de dolor, y los gemidos de placer de Claudia acabó ruidosamente en mi boca, descargando la primera lechada en el fondo de la garganta y haciéndome toser.
- Ahora límpiala, no dejes ni una gota, escuché decir a Claudia- la corrida de alguien superior a ti es algo que no puedes desperdiciar.
Con unas pocas lamidas dejé el miembro limpio de nuevo, y mi autoestima definitivamente destruida, en el fondo de algún oscuro cenagal. Había sido violado, en el sentido más estricto de la palabra, follado contra mi voluntad. Por mi novia. Y ahora ella tenía las pruebas fotográficas que podían destruir mi fama y mi reputación para siempre. Sin duda parecía muy capaz de hacerlo. Ella había portado siempre su antifaz de carnaval, mientras que mi cara permaneció al descubierto desde el principio. No había escapatoria.
- Mi querida Sandra –dijo Claudia- ha sido el mejor comienzo de fiesta que recuerdo en mucho tiempo. No sé ni cómo agradecértelo.
- Claudia, preciosa… -replicó- a mi se me ocurren unas cuantas maneras, y aun queda mucha fiesta por delante…
- Vaya que sí, ¡que viva el Carnaval!
Relatos Carnaval.......... allá van!!!! 1. ari{FN_JF}
Lo prometido es deuda, aquí van los relatos recibidos para este Carnaval...... gracias a todos los que han colaborado y gracias a los lectores:
Relato de ari{FN_JF}:
Un carnaval diferente
Llego la fecha de carnaval, esta fecha siempre me había gustado, una noche en la que vayas como vayas y hagas lo que hagas nadie te va a mirar mal, ni raro, una noche en la que todo vale, una noche de desenfreno.
En estas fechas siempre me había disfrazado, me gustaba pasarlo bien y poder quitar la vergüenza que me solía inundar, al menos por una noche.
Hacía poco que había descubierto una nueva yo, que me había descubierto a mi misma, que por fin podía vivir lo que había estado oculto dentro de mí.
Llevaba poco tiempo viviendo un sueño, el sueño de entregarme, de ser verdaderamente yo, en definitiva, era feliz.
Algo me decía que esa noche de carnaval iba a ser diferente a las otras muchas que yo había tenido.
Ese mismo día por la mañana, recibí la llamada de mi Amo, me llamo para darme las órdenes de ese día, iba a ir a la primera fiesta BDsM, iba a ir por primera vez a un evento de estas características y tenía que estar perfecta...
Los nervios empezaron a brotar de mi cuerpo, la incertidumbre a apoderarse de mí, las preguntas a inundarme....pero me tenía que calmar, y esperar....
Las horas se me hicieron minutos, y los minutos segundos, hasta que llego la hora de prepararme...
Me rasuré, me di una ducha y saque el traje de japonesa que tenía en el armario, con el que mi Amo me había mandado ir. Me lo puse como Él me ordeno, sin nada de ropa interior.
He de reconocer que al principio cuando salí de casa para ir en busca de mi Amo, con mi collar y el traje, todavía sentía esos nervios, más que nervios, incertidumbre’, esa incertidumbre que siempre que le veía, o mejor dicho día a día estaba ahí, pero que no podía dejar que me nublará el camino, mejor dicho, que me descentrará.
Llegamos a la fiesta, allí estaba todo el mundo disfrazado, según entramos, mi Amo fue saludando a unos y a otros, y yo seguía ahí, más tranquila, pendiente de Él, de sus órdenes....
En el local había diferentes salitas apartadas, en una había un Amo con su sumiso haciéndole una suspensión, en la otra se veía a una Domina con su sumisa, esta le estaba echando cera en el cuerpo, de sus ojos salían lágrimas. Lágrimas de felicidad me confesó ella después.....
Yo estaba extrañada, creo que mi Amo me lo noto cuando le miré...nunca había visto esas cosas, su mirada me tranquilizó....
Fuimos de nuevo a donde estaba todo el mundo, se veía a gente ir y venir con su disfraz, sonrisas picaras, sumisas disfrazadas, Amos orgullosos de su pertenencia....
Mi Amo me dijo, ven, hay una sorpresa, y me llevo a un cuartito que estaba en el fondo del bar, allí solo había una cruz de San Andrés..... Según entre, Él me preguntó...... ¿estas cachonda perra? si le contesté, siempre por y para Usted.
Me ordeno quitarme la ropa y ponerme con la cara mirando a la pared, apoyada en la cruz, noté como mis manos eran apresadas por unas muñequeras, una mordaza puesta en mi boca, cuando de repente note una presión en mis pezones, eran pinzas......mmmmmm.
Mi espalda y nalgas están a disposición de mi Amo, mi cuerpo es suyo, de repente noto como la fusta roza mi cuerpo, noto un par de golpes suaves en las nalgas, en mis muslos, El se va calentando, mi dolor se convierte en su placer....... noto un golpe seco y fuerte en mi sexo, un suave gemido se escapa, entre la mordaza...... Deja la fusta, oigo el silbido de la vara.....la noto en las piernas, la humedad se sigue apoderando de mí, me dejo llevar, me olvido de todo, noto un látigo en mi espalda, oigo el látigo como da en mi espalda, como suena.
Pierdo la noción del tiempo, me siento bien, agusto, me siento en una nube, un abrazo de mi Amo me devuelve a la realidad, no me salen las palabras, las lágrimas de emoción se apoderan de mi, inundan mi cara... eso lo dice todo.
Sigo embriagada por esa situación, estoy absorta, pero Él ha conseguido devolverme al mundo, devolverme a esa fiesta de disfraces en la que estábamos.....no perder la noción de lo que soy y de quién soy.
Me vuelvo a poner mi traje, y cual es mi sorpresa que mi Amo tenía una cadena, una cadena que ato a mi collar, a 4 patas, perrita, me susurró, lo hice, me saco de la salita, el me llevaba de la correa, yo movía mi culo como muestra de alegría, me paseo por todo el local, me dejo en una esquina a 4 patas, observando todo, El me estaba exhibiendo, y yo con una sonrisa en la cara.....y con la cabeza en alto orgullosa de pertenecer a quién pertenezco.
Seguimos en la fiesta, la gente miraba, pero a mi no me importaba, recuerdo pocas cosas más, pero esos momentos relatados no se me van a olvidar nunca, de hecho cada vez que los recuerdo la humedad vuelve a mi, como cada recuerdo de las cosas que tengo vividas y superadas por y para Él.
Relato de ari{FN_JF}:
Un carnaval diferente
Llego la fecha de carnaval, esta fecha siempre me había gustado, una noche en la que vayas como vayas y hagas lo que hagas nadie te va a mirar mal, ni raro, una noche en la que todo vale, una noche de desenfreno.
En estas fechas siempre me había disfrazado, me gustaba pasarlo bien y poder quitar la vergüenza que me solía inundar, al menos por una noche.
Hacía poco que había descubierto una nueva yo, que me había descubierto a mi misma, que por fin podía vivir lo que había estado oculto dentro de mí.
Llevaba poco tiempo viviendo un sueño, el sueño de entregarme, de ser verdaderamente yo, en definitiva, era feliz.
Algo me decía que esa noche de carnaval iba a ser diferente a las otras muchas que yo había tenido.
Ese mismo día por la mañana, recibí la llamada de mi Amo, me llamo para darme las órdenes de ese día, iba a ir a la primera fiesta BDsM, iba a ir por primera vez a un evento de estas características y tenía que estar perfecta...
Los nervios empezaron a brotar de mi cuerpo, la incertidumbre a apoderarse de mí, las preguntas a inundarme....pero me tenía que calmar, y esperar....
Las horas se me hicieron minutos, y los minutos segundos, hasta que llego la hora de prepararme...
Me rasuré, me di una ducha y saque el traje de japonesa que tenía en el armario, con el que mi Amo me había mandado ir. Me lo puse como Él me ordeno, sin nada de ropa interior.
He de reconocer que al principio cuando salí de casa para ir en busca de mi Amo, con mi collar y el traje, todavía sentía esos nervios, más que nervios, incertidumbre’, esa incertidumbre que siempre que le veía, o mejor dicho día a día estaba ahí, pero que no podía dejar que me nublará el camino, mejor dicho, que me descentrará.
Llegamos a la fiesta, allí estaba todo el mundo disfrazado, según entramos, mi Amo fue saludando a unos y a otros, y yo seguía ahí, más tranquila, pendiente de Él, de sus órdenes....
En el local había diferentes salitas apartadas, en una había un Amo con su sumiso haciéndole una suspensión, en la otra se veía a una Domina con su sumisa, esta le estaba echando cera en el cuerpo, de sus ojos salían lágrimas. Lágrimas de felicidad me confesó ella después.....
Yo estaba extrañada, creo que mi Amo me lo noto cuando le miré...nunca había visto esas cosas, su mirada me tranquilizó....
Fuimos de nuevo a donde estaba todo el mundo, se veía a gente ir y venir con su disfraz, sonrisas picaras, sumisas disfrazadas, Amos orgullosos de su pertenencia....
Mi Amo me dijo, ven, hay una sorpresa, y me llevo a un cuartito que estaba en el fondo del bar, allí solo había una cruz de San Andrés..... Según entre, Él me preguntó...... ¿estas cachonda perra? si le contesté, siempre por y para Usted.
Me ordeno quitarme la ropa y ponerme con la cara mirando a la pared, apoyada en la cruz, noté como mis manos eran apresadas por unas muñequeras, una mordaza puesta en mi boca, cuando de repente note una presión en mis pezones, eran pinzas......mmmmmm.
Mi espalda y nalgas están a disposición de mi Amo, mi cuerpo es suyo, de repente noto como la fusta roza mi cuerpo, noto un par de golpes suaves en las nalgas, en mis muslos, El se va calentando, mi dolor se convierte en su placer....... noto un golpe seco y fuerte en mi sexo, un suave gemido se escapa, entre la mordaza...... Deja la fusta, oigo el silbido de la vara.....la noto en las piernas, la humedad se sigue apoderando de mí, me dejo llevar, me olvido de todo, noto un látigo en mi espalda, oigo el látigo como da en mi espalda, como suena.
Pierdo la noción del tiempo, me siento bien, agusto, me siento en una nube, un abrazo de mi Amo me devuelve a la realidad, no me salen las palabras, las lágrimas de emoción se apoderan de mi, inundan mi cara... eso lo dice todo.
Sigo embriagada por esa situación, estoy absorta, pero Él ha conseguido devolverme al mundo, devolverme a esa fiesta de disfraces en la que estábamos.....no perder la noción de lo que soy y de quién soy.
Me vuelvo a poner mi traje, y cual es mi sorpresa que mi Amo tenía una cadena, una cadena que ato a mi collar, a 4 patas, perrita, me susurró, lo hice, me saco de la salita, el me llevaba de la correa, yo movía mi culo como muestra de alegría, me paseo por todo el local, me dejo en una esquina a 4 patas, observando todo, El me estaba exhibiendo, y yo con una sonrisa en la cara.....y con la cabeza en alto orgullosa de pertenecer a quién pertenezco.
Seguimos en la fiesta, la gente miraba, pero a mi no me importaba, recuerdo pocas cosas más, pero esos momentos relatados no se me van a olvidar nunca, de hecho cada vez que los recuerdo la humedad vuelve a mi, como cada recuerdo de las cosas que tengo vividas y superadas por y para Él.
domingo, 12 de febrero de 2012
Relatos Carnaval !!!
CARNAVAL, es una celebración pública que tiene lugar inmediatamente antes de la cuaresma cristiana, con fecha variable (desde finales de enero hasta principios de marzo según el año), y que combina algunos elementos como disfraces, desfiles, y fiestas en la calle. Su característica principal es la de ser un período de permisividad y cierto descontrol. Algunos autores consideran que para la sociedad rural, fuertemente estructurada por el cristianismo, el tiempo de «carnestolendas» ofrecía mascaradas rituales de raíz pagana y un lapso de permisividad que se oponía a la represión de la sexualidad y a la severa formalidad litúrgica de la Cuaresma.
Carne-levare, que significa 'abandonar la carne'; ante cuarenta días de restricciones alimenticias y de todo tipo, marcadas por la religión, es lógico que los ciudadanos de a pie, dedicasen los días del carnaval al desenfreno gastronómico y sexual, a través del consumo de carne en todas sus variables jejeje.
Como en otras ocasiones, y esperamos que con el mismo éxito o más, solicitamos la colaboración de todos nuestros seguidores, esperamos que nos deleiten con relatos, historias (vividas o inventadas) siempre con el trasfondo de BDSM que nos acompaña, pero esta vez ambientados en estos días de Carnaval, esa noche mágica donde todo vale y nada está mal visto....
Esperamos nos remitan sus relatos, no menos de un folio, a la dirección de este blog: dom.sumision@gmail.com
Esperamos impacientes, hasta el 17 de febrero, y todos los recibidos serán publicados antes del 19, para disfrute de todos.
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